Funglan Chap es una protagonista crítica de la transformación del sistema educativo en Chile. La docente, quien tiene más de cuatro décadas de experiencia en diferentes escuelas de la comuna de San Ramón, relata el desencanto que experimentó frente a las dificultades que trajo el traspaso de la educación a las municipalidades.
—En 1981, cuando nos traspasaron a la municipalidad, empezó el caos. Fue espantoso. Cualquier guarango era alcalde, cualquier guarango era director de educación y cualquier jetón era director de escuela —cuenta Chap. Para ella, el cambio a la administración municipal significó una pérdida de calidad y control donde personas sin conocimiento ni interés en la educación pasaron a tomar decisiones cruciales para los colegios.
Su temor ante este inevitable proceso la llevó incluso a estudiar peluquería como una forma de tener una alternativa laboral.
—Yo tenía terror de que nos municipalizaran, porque, aunque el Estado no fuera perfecto, seguía siendo una institución algo respetable en ese momento. Al menos el Ministerio de Educación era una entidad sólida. Así que, por miedo a lo que pudiera pasar, decidí estudiar peluquería en una academia que quedaba por Huérfanos. Me titulé y todo.
En 1987, Funglan Chap fue parte de un grupo, en la escuela F-549 de San Ramón, que luchaba activamente por la deuda histórica, contratando a una abogada para exigir el pago correspondiente. A cada uno de ellos se les liquidó con cinco millones de pesos. Sin embargo, Chap debía cuidar a su hija recién nacida, por lo que no pudo ir a firmar a la notaría para formar parte del listado que enfrentaría el juicio. En la década de 1990, comenzó a trabajar en el Liceo Araucanía, lugar donde también contaban con la defensa de la misma profesional, pero acusa de no haber sido incluida por las profesoras demandantes del registro.
—A mí me ignoraron completamente. Yo perdí ese juicio. Ganaron como cinco millones de pesos mis colegas, pero mi primera educación siempre fue mi hija.
La profesional de la educación también recuerda las condiciones precarias en las que se encontraba el sistema educativo en esos años. Las carencias materiales no solo fueron en recursos pedagógicos, sino que también se evidenciaron en la falta de apoyo y formación adecuada para los docentes, quienes debían lidiar con jornadas extenuantes y salarios insuficientes.
—Hacíamos de todo con nada. Enseñé inglés durante unos 18 años con solo una tiza y un pizarrón negro; no teníamos ni diccionarios. Iba a las ferias porque los diccionarios de inglés no llegaban. Siempre he sido de La Granja y he trabajado en este sector. Por eso, buscaba los libros que traían las nanas de Vitacura. Ese fue mi gran acopio de novedades —rememora.

A lo largo de su relato, Chap no solo habla de su experiencia personal, sino que además destaca dos de los mayores prejuicios que enfrentan los profesores pertenecientes a la tercera edad: la deuda histórica y las administradoras de fondos de pensiones (AFP).
—La deuda me dejó eternamente sin plata. El sueldo de la AFP se redujo y nunca creció. Al final, mis aportes sumaron entre 30 y 40 millones en total. Además, tenía un bono que resultó ser ficticio, un bono de reconocimiento que las AFP interpretaron a su conveniencia, ya que estaban todas coludidas. Donde fueras era lo mismo. Por eso les digo ahora a mis hijas que, si algún día me pagan algo de la deuda histórica, se los debo a ellas. Todo eso es para ellas —confiesa, considerando que el impacto más devastador en su profesión se remonta a la dictadura militar, período que trajo consigo una serie de problemas y malas prácticas que persisten hasta el día de hoy.
Igualmente, desde su visión, los educadores aprenden a llevar una vida modesta. Aquello implica vestirse con sencillez y realizar una serie de ajustes en su estilo de vida.
—En esos años éramos muchos profesores, y el aumento que se iba a implementar en 1981, significaba que se iba a destinar una gran cantidad de dinero para todos los empleados. Entonces nos sacaron, nos amontonaron, nos barrieron y nos dejaron sin nada. Estuvimos 15 o 16 años con sueldos miserables. Todo lo comprábamos a cuotas: una televisión a cuotas, una estufa a cuotas, una camisa nueva a cuotas. Si comprábamos un par de zapatos, no podíamos comprarnos una cartera. Teníamos que esperar al mes siguiente para encalillarnos y poder pagar. Así era nuestra realidad —reflexiona con sinceridad—. Aprendemos a vivir modestamente: a vestirnos de manera sencilla y a adaptarnos a muchas cosas. Por ejemplo, no voy a la peluquería ni me hago las manos; tengo una bicicleta y un auto pequeño. Cuando salgo, lo hago en micro, ya que tengo la tarjeta económica. No tiene sentido salir en auto a cualquier parte.
La historia de Funglan Chap es la de una educadora que inició su carrera con una formación sólida, pero que terminó siendo víctima de un sistema que, según ella, se destruyó tras la dictadura. Su testimonio refleja la lucha constante de los educadores en Chile por el respeto de profesionales que han educado a muchas generaciones y que, actualmente, viven con pensiones miserables.